La última vez que detuvimos el tiempo: La celebración a la vida dirigida por Antonio Alcántara

¿Por qué vale más la pena 5 minutos reales a una eternidad condenada a la soledad y experiencias vacías? La última vez que detuvimos el tiempo nos enseña porqué deberíamos de elegir lo real por encima de lo infinito, elegir viviendo el tiempo. La última vez que detuvimos el tiempo: La celebración a la vida dirigida por Antonio Alcántara.

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Antonio Alcántara y Gaby Montiel en escenario. Foto por Riziare Arvel

Antonio Alcántara nos sumerge en un universo futurista donde, debido a la inminente llegada de un asteroide que amenaza con destruir la tierra deciden multiplicar el tiempo millones de veces, para así, asignar equitativamente el tiempo a cada persona que vive o nació en esos minutos y así puedan vivir una vida plena de tiempo para todos ellos.

Sin embargo, la única gran condición es que cada uno vivirá solo en su tiempo respectivo, porque sino volverán a reanudar el tiempo que le queda a la tierra antes de ser destruída.

Similar a un Oasis de Ready Player One, cada persona cuenta con un par de «lentes» que los lleva al mundo virtual donde yacen todos al mismo tiempo viviendo experiencias virtuales e interactuando entre sí. Nada es real, sin embargo, debido a que todos se encuentran ahí, todo lo interesante o divertido por ver es imposible quedarte fuera de este «oasis» cibernético.

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Dentro de este universo, conocemos a Debye y Tiselius, dos personas solitarias, quienes, a pesar de plantearse en un mismo punto de partida, nos harán explorar distintas perspectivas de lo que viven desde que nacieron.

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Gaby Montiel en escenario. Foto por Riziare Arvel

La narrativa es fluida, como un pez en el agua

A lo largo de la historia se contemplan dos historias a la vez, con sus propias características y perspectivas. A pesar de esto, uno de los mayores puntos a favor de toda la obra es el timing verbal de la narrativa de la historia.

Es decir; cada vez que volteamos a Debye o Tiselius lo hacemos exactamente cuando hay que hacerlo, no hay interrupciones o puntos muertos a lo largo de la obra. Se percibe que ambos son personas en circunstancias diferentes, narran y sienten en distinta perspectiva.

Sin embargo, ambos intentan acoplarse en sus prisiones cronológicas y eso es lo más interesante de ver en el desarrollo de sus historias. ¿Qué tanto podemos negar, combatir o aceptar dentro de una situación que no tiene arreglo en sí? Debye y Tiselius viven con la amargura de no poder experimentar algo real desde un beso o una conversación en vivo con otra persona, observarlos es sumamente interesante.

Desde que nací les di mi rendimiento mis logros (..) estoy cansado, me siento muy solo, ya no sé qué significa para mí ser o dejar de ser, ya da igual

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Antonio Alcántara y Gaby Montiel en escenario. Foto por Riziare Arvel

Tanto Antonio Alcántara como Gabriela Montiel se destacan a lo largo de toda la obra. Ambos, no repiten diálogos sin una intención real, sino lo viven y lo interpretan, y, a pesar de no tener estímulos visuales variados como distintos props a lo largo de la historia, se puede visualizar y sentir absolutamente todo.

Cada vez que están felices, tristes, entusiasmados o frustrados, eso es lo que le transmiten al público. Utilizan las herramientas de su universo a su favor.

Voy a elegir sentir, elijo lo real

La última vez que detuvimos el tiempo es la celebración a la vida que florece en un universo lleno de huérfanos del tiempo, que, a pesar de desconocer experiencias tan simples como el poder tocar, ver o sentir a otros seres humanos se vean hambrientos por vivir lo verdaderamente real y significativo de la vida tal y como nosotros la conocemos.

La era digital ha llegado para quedarse en nuestras rutinas inmediatas de la vida cotidiana, sin embargo, la dirección, guión, y actuación de Antonio Alcántara y la participación de Gabriela Montiel nos regalan una lección de por vida. ¿Elegirías vivir por miles de momentos a cambio de estar solo, o tus últimos 5 minutos en vida junto a las personas que más amas?

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Gaby Montiel en escenario. Foto por Riziare Arvel

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