A propósito del inminente estreno de Michael, dirigida por Antoine Fuqua, resulta más que pertinente —o al menos así me parece— el hablar sobre Bohemian Rhapsody. Esta película, de cierta forma, estableció una tendencia en la realización de biopics como un subgénero rentable. Además, como dato no menor, fue producida por Graham King, el mismo productor de la cinta sobre el Rey del Pop que se estrenará en una semana.

Debo ser muy honesto: en su momento amé la propuesta. En su estreno, ya hace más de ocho años, me pareció una memorable celebración del legado de una de las bandas más importantes de la historia. Fue un auténtico festival de emociones, al que llegamos gracias a un montaje que entonces me resultaba fascinante. Pero, sobre todo, emociones respaldadas por la sólida actuación de Rami Malek, interpretación que le valió ganar un Óscar.
Entre una visión arriesgada y una zona de confort
A día de hoy la sensación es un tanto diferente. Me sigue gustando, pero encuentro en ella errores que van desde lo narrativo hasta lo técnico. Empecemos por dar contexto: la cinta tuvo ciertos problemas a la hora de definir la historia que quería narrar y la forma en que se iba a ejecutar dicha narración.
En un inicio se pensó en una propuesta más arriesgada, que incluyera de manera explícita la vida de excesos que llevaba Freddie Mercury. Incluso se contempló tener a Sacha Baron Cohen como actor principal, pero todo eso se descartó por decisión de los miembros aún vivos de la banda, Brian May y Roger Taylor, quienes quisieron basar la narrativa en una exploración más del artista y su legado musical que del ser humano en toda su complejidad
Algo que, de cierta forma, hace ver a la cinta como una exploración superficial del artista, cayendo en una zona de confort habitual en este tipo de películas —aunque, claro está, existen excepciones. Bohemian Rhapsody nos narra el ascenso de Queen como banda, pero su hilo narrativo se centra principalmente en la historia de Freddie Mercury. Los demás personajes funcionan como soporte a las decisiones que pueda o no tomar el protagonista, un recurso que, en mi opinión, fue la mejor decisión.

Un ejercicio técnico ambivalente.
Respecto a lo técnico, la cinta cuenta con una buena fotografía y un sonido destacado —como era de esperarse—, además de un montaje que ofrece tanto aciertos como desaciertos. En lo que se refiere al montaje de los conciertos y las animaciones que acompañan cada estado y año, me parece fascinante. Sin embargo, el montaje de ciertas conversaciones deja mucho que desear, lo que convierte, al menos para mí, al montaje en el punto más débil de la película, aunque no pueda calificarse como del todo malo.
Asimismo, el uso de la música como narrativa en sí misma me parece de lo mejor en una cinta que, de forma evidente, es musical. Las canciones refuerzan lo que vemos en pantalla
y, de cierta manera, condicionan la interpretación posterior que tengamos de ciertas piezas. Es la música como recurso atemporal, capaz de resignificarse con el tiempo. Mención especial merece el uso de Who Wants to Live Forever: Toda esa secuencia me emociona como pocas.
Respecto a la parte final, me parece increíble: es, sin duda, junto al montaje inicial y al uso de la música como narrativa, lo mejor de la película. La reconstrucción del Live Aid es magia. Magia lograda por un Rami Malek que se transforma en Freddie Mercury y por un ejercicio de montaje que considero memorable.

Pese a los aspectos negativos que pueda tener la cinta en lo narrativo o incluso en lo técnico, su mayor clímax y perfección se alcanzan en esta última parte. Es una preparación que da cierre de forma emocionante y categórica a una película que, como mencioné, se mantiene a flote gracias a la magia de un actor como Rami Malek y a la música de Queen, que conecta y hace sentir.
Esperemos que Michael nos haga sentir también.


